top of page

La investigación prospectiva no es una excursión: es un acto profesional con límites.


Por Lola Murias. Detective Privado y CEO de Descubro B2B


Cada cierto tiempo reaparece una idea que, por lo visto, se resiste a morir: que la investigación prospectiva consiste en investigar “para ver qué se encuentra”. La frase suele pronunciarse con aplomo, como si escondiera una verdad profunda, cuando en realidad revela justo lo contrario: una peligrosa confusión entre investigar y curiosear con método.


Porque si aceptáramos esa premisa, la investigación dejaría de ser una actividad profesional para convertirse en una especie de safari jurídico. Salimos, observamos, recogemos lo que aparezca y luego ya veremos si tenía sentido haber salido. Afortunadamente, el Derecho y la ética profesional no funcionan así.


La investigación prospectiva no elimina la necesidad de objeto. Lo que elimina es la certeza del resultado. Y esa diferencia, que parece sutil, es en realidad esencial. Nadie investiga sabiendo qué va a encontrar, pero todo investigador serio sabe qué está buscando y por qué. Cuando eso no ocurre, no estamos ante una investigación abierta, sino ante una actuación arbitraria adornada con lenguaje técnico.


Conviene recordarlo, porque la ligereza con la que se invoca la “prospectiva” suele aparecer justo cuando faltan dos cosas incómodas: un objeto claro y una legitimación defendible. Entonces se recurre a la fórmula mágica: investigamos, y ya veremos. Como si el simple hecho de mirar justificara cualquier cosa.


En el ámbito policial, esta confusión no tiene recorrido. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad no investigan personas por curiosidad ni por intuición creativa. La prospectiva, cuando existe, está sujeta a indicios, finalidades concretas y controles estrictos. El famoso “vamos a ver qué sale” no es prevención, es una vulneración en potencia, y el sistema jurídico lo sabe.


La Administración pública, por su parte, juega a otra cosa. Puede analizar riesgos, sectores y patrones, y hacerlo de manera prospectiva, pero cuando desciende al terreno concreto de una persona o una empresa, lo hace porque ya existe una causa que lo justifica. No hay salto al vacío, hay un paso más en una cadena de decisiones motivadas.


Y luego está el detective privado, que curiosamente es a quien más se le atribuye ese supuesto investigar sin objeto. Quizá porque incomoda recordar que su trabajo no consiste en encontrar culpables, sino en aportar certezas. El detective no investiga delitos ni actúa por impulsos. Investiga hechos concretos cuando existe un interés legítimo, una finalidad lícita y un encargo perfectamente delimitado, aunque ese encargo consista precisamente en confirmar que no hay nada que confirmar.


Ahí reside su carácter excepcional. El detective profesional investiga cuando otros sospechan, cuando existen dudas razonables, cuando hay riesgos que necesitan ser verificados antes de tomar decisiones. Su trabajo no es justificar una acción posterior, sino permitir decidir si esa acción tiene sentido. Y, a veces, su mayor aportación es demostrar que la sospecha no se sostiene.


Eso, por supuesto, no encaja bien con la narrativa romántica de la investigación como aventura. Pero encaja perfectamente con una profesión seria, regulada y profundamente consciente de sus límites.


La frontera real de la investigación prospectiva no está en lo que se encuentra, sino en si había razones legítimas para empezar. Cuando el objeto y la legitimación están claros, la incertidumbre del resultado no solo es admisible, es inherente a la investigación. Cuando no lo están, la prospectiva deja de ser técnica para convertirse en excusa.


Y conviene decirlo sin rodeos: investigar sin objeto no es valentía profesional, es irresponsabilidad. El detective lo sabe. Por eso investiga menos de lo que algunos creen, pero mucho mejor de lo que muchos imaginan.




 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page